TECNOLOGÍA Y FUTURO DEL TRABAJO

El futuro del trabajo* está en el corazón de cada debate fundamental sobre política, economía y sociedad que se libra alrededor del mundo. La preocupación acerca de un “futuro sin trabajo” o de un “trabajo sin futuro” nunca ha sido mayor. La afirmación de que los trabajadores estarán de sobra en el inminente mundo de la automatización y la inteligencia artificial (IA) es una frase repetida día tras día por dirigentes, académicos, investigadores y líderes en tecnología. En su reciente estudio “Robots and Jobs: Evidence from US Labor Markets” (2020), Acemoglu y Restrepo estiman que un robot adicional cada 1000 trabajadores reduce la tasa de empleo entre 0,18 y 0,34 puntos porcentuales, y los salarios entre 0,25 y 0,5 puntos porcentuales. Parece lógico que para mucha gente el futuro del trabajo sea una imagen desoladora, llena de trabajos temporarios (una economía “gig”), salarios mínimos y derechos laborales en peligro.

El presente no alimenta las mejores expectativas: a nivel mundial, 2.000 millones de personas -más del 61% de la población activa- ocupan un empleo informal, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2018). La mayoría carece de protección social, de derechos en el trabajo y de condiciones de trabajo decentes. El 93% del empleo informal en el mundo se encuentra en los países emergentes y en desarrollo. En África, 85,8% de los empleos son informales. La proporción es de 68,2% en Asia y el Pacífico, 68,6% en los Estados Árabes, 40% en las Américas y 25,1% en Europa y Asia Central.

Estos porcentajes probablemente hayan aumentado con la pandemia, ya que las condiciones de trabajo se vieron fuertemente afectadas en diferentes aspectos. En el documento La COVID-19 y el mundo del trabajo: Repercusiones y respuestas, la misma OIT advertía sobre tres de ellos: “1) los niveles de empleo (tanto en materia de desempleo como de subempleo); 2) la calidad del trabajo (con respecto a los salarios y el acceso a protección social); y 3) los efectos en los grupos específicos más vulnerables frente a las consecuencias adversas en el mercado laboral” (Ernst y López Mourelo, 2020: 3).

Difusión de tecnologías y demandas de formación: nueva tecnología no es sinónimo de desempleo

El crecimiento de la población mundial, su mayor esperanza de vida y el deterioro del medio ambiente agregan una cuota de incertidumbre a un estado de situación de por sí difícil. Son muchos los desafíos al diseño de políticas públicas orientadas a una mejora del mercado laboral. La incorporación y masificación de las nuevas tecnologías y las nuevas formas de abordar la formación laboral son dos de ellos.

El temor de que la incorporación tecnológica reduzca los puestos de trabajo está instalado al menos desde la Primera Revolución Industrial. Sin embargo, desde el ámbito de la economía, son numerosos los cuestionamientos a los pronósticos sobre la destrucción del empleo por la tecnología. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) calculan que para 2030 el cambio tecnológico eliminará el 1% o 2% de los puestos de trabajo en América Latina. Pero existe una chance concreta de que nuevas ocupaciones surjan y se consoliden.

Un estudio reciente en Alemania, por ejemplo, señala que el empleo está aumentando con la automatización, con diferente impacto para los diferentes sectores. Allí se indica que las mayores pérdidas se pronostican para la industria manufacturera, la administración y la minería. En cambio, identifica un potencial para la creación de nuevos puestos de trabajo en el comercio mayorista y minorista y en el sector del transporte, es decir, en sectores con niveles generalmente bajos de productividad y con salarios reducidos. Si tomamos estas conclusiones por ciertas, la principal amenaza para el trabajo del futuro no sería la agudización del desempleo, sino la extensión de los ingresos bajos y una mayor precarización.

La evidencia señala que los países en desarrollo están atrasados en términos de difusión de la tecnología y de formación de futuros trabajadores en las habilidades que éstas demandan. Si se extendiera en el tiempo, esta situación podría agrandar la brecha con respecto a los países desarrollados, como sucedió de hecho en “revoluciones” tecnológicas anteriores. El Banco Mundial señala que 67% de los empleos de América Latina podrían ser automatizados. El insuficiente desarrollo de la infraestructura digital -y, por lo tanto, de la denominada “inclusión digital”- constituye un reto para América Latina. A su vez, factores estructurales de cada país -como los de índole demográfica, territorial y laboral- pueden hacer que las nuevas tecnologías tengan diferente impacto en los mercados de trabajo.

El mercado laboral en la Argentina: imaginar el después de la pandemia

Desde la crisis de 2001-2002, el mercado laboral argentino evidencia problemas varios y déficits estructurales que imponen severas restricciones a la movilidad social y al desarrollo económico. Débil creación de empleo, informalidad, comportamiento frágil de la demanda de trabajo, fuerte proceso de precariedad e inestabilidad laboral definen el mundo del trabajo en la Argentina del siglo XXI. Los desequilibrios de una economía marcada por la alta volatilidad macroeconómica fueron consolidando estos rasgos negativos como tendencias.

A los problemas endémicos de larga data, se suman ahora las transformaciones que la pandemia por el COVID-19 ha provocado a escala global –y por fuerza, a escala nacional– sobre diversas dinámicas sociales. ¿Qué se puede esperar del impacto de la pandemia en los mercados laborales del mundo?, se pregunta J. Weller (2020), para señalar luego tres efectos sobresalientes: la destrucción de empleos, la transformación de tareas laborales (el teletrabajo, especialmente) y la creación de ocupaciones como consecuencia de la revolución tecnológica (digitalización y desarrollo de las TICs).

En la Argentina, los cambios y transformaciones en el trabajo durante la pandemia incrementaron la demanda -que ya era creciente- respecto del dominio de capacidades digitales y uso de las TICs para dar respuesta a las exigencias y condiciones generales para el empleo.

Los cambios en los distintos ámbitos del trabajo que produjo la pandemia dejaron en evidencia, entre otras cosas, la disparidad en los procesos de incorporación tecnológica. Durante la pandemia se duplicó, y en algunos casos hasta se triplicó, el porcentaje de empresas que utilizan tecnologías de la industria 4.0 (INTAL, 2020).

Esta incorporación tecnológica no sólo es dispar, sino que encuentra ciertas dificultades en el mercado laboral para satisfacer las demandas que implica; entre ellas, la ausencia de habilidades blandas o la falta de capacitación en el espectro de las tecnologías 4.0 de gran parte de las fuerzas productivas del país. Ante este escenario, la educación y la formación actualizada de las personas se posicionan como factores decisivos de inclusión sociolaboral.

El teletrabajo: capacidades digitales y educación

El teletrabajo implicó mayor demanda de capacidades digitales. Existe una concentración de los trabajos posibles de realizarse en condiciones remotas en los sectores de mayores ingresos, que además poseen un conjunto de competencias profesionales que son pertinentes para el empleo, como las digitales y habilidades blandas y socioemocionales. El mayor porcentaje de teletrabajadores a lo largo del período estuvo compuesto por grupos poblacionales con alto nivel educativo (universitario completo), sin contar el sector educación.

Estamos frente a una transformación global en el mundo del trabajo, marcada por la emergencia y la relevancia social de ciertos saberes y habilidades vinculados a la economía del conocimiento y a la industria 4.0, que conviven con la (des)aparición de ocupaciones, puestos de trabajo y nichos de empleo. En este marco, queremos poner de relieve las políticas de formación profesional, con el fin de profundizar la atención a las poblaciones más vulnerables en términos de sus posibilidades de inserción laboral.

El futuro del trabajo: los desafíos de la formación profesional

La confluencia de las tendencias locales y los cambios globales permite conjeturar un mercado laboral en mutación, cuyos nuevos desafíos han de ser sopesados. Ante este escenario, la educación y la formación actualizada de las personas se posicionan como factores decisivos de inclusión sociolaboral. Tienen un rol central en la capacidad de un país como la Argentina para resolver el desfase progresivo entre oferta y demanda de trabajo.

Así, el vínculo entre educación y trabajo constituye una herramienta de insustituible valor, tanto para la reincorporación al mercado de trabajo de aquellos que han sido desplazados por procesos de reconversión tecnológica como para la formación de nuevos trabajadores.

En contextos de cambio permanente, avanzar hacia un sistema integrado de formación profesional -acompasado con las distintas modalidades y niveles educativos y flexible en términos de certificación y adaptación al entorno laboral- se vuelve una prioridad.

En esta línea, entender cómo impacta la aceleración tecnológica en el mercado laboral y qué tan difundidas son las nuevas modalidades de organización del trabajo es indispensable. Comprender la oferta y la demanda de recursos humanos para trabajar en los sectores estratégicos, así como qué habilidades demandan los sectores productivos en expansión, son cuestiones decisivas para ajustar los planes a las necesidades reales de la industria y el trabajo.

De allí que sea imprescindible renovar la relación entre las ofertas formativas, el trabajo y la producción. En efecto, muchos oficios y profesiones tradicionales dejan de ser requeridas, mientras que se abren vacantes para nuevos saberes y servicios que exigen nuevas disposiciones, habilidades y capacidades.

Responder a los desafíos renovados del entramado de educación, trabajo y producción permitirá tener mayor conocimiento sobre la articulación entre las trayectorias educativas y laborales con las trayectorias formativas propuestas y las dinámicas socio-productivas. Ello favorecería, junto con otros criterios sustantivos (heterogeneidades regionales, desarrollo social, actualización de saberes frente a las nuevas tecnologías, mejoras en la productividad, etc.), la formulación de políticas públicas de inclusión sociolaboral de calidad.

 

* Por Luis María Scasso, director de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) – Argentina, y Guillermina Laguzzi, experta en Educación y Trabajo, OEI – Argentina.