NUEVA POMPEYA, BARRIO DE MANZI‏

Pompeya barrio de Manzi Tabare y Esquiu

Si uno quiere encontrar datos para adentrarse en la vida cotidiana de la ciudad y su gente, la poesía del tango siempre es referencia ineludible. Y vale tanto para antes como para ahora. Por eso, si se trata de conocer cómo era el barrio de Nueva Pompeya y qué se mantiene aún en esa zona del sur porteño, hay que recurrir a la obra de Homero Manzi, un santiagueño nacido en Añatuya pero que supo reflejar y querer a Buenos Aires como pocos.

Manzi, poeta por sobre todo, dejó tres obras –luego convertidas en tangos memorables– en las que están las imágenes de lo que era ese territorio de frontera en el que convivían la ciudad y el “barro y pampa” con su “perfume de yuyos y de alfalfa”. Esos poemas son Barrio de tango (1942), Sur (1948) y Manoblanca (1941). A los dos primeros les puso música Aníbal Troilo; al otro, Antonio De Bassi.

En la historia de estos versos hay un dato clave. Entre 1921 y 1923, el poeta (entonces un adolescente) fue alumno pupilo en el Colegio Luppi, una institución que desde 1897 y hasta 1927 funcionó en la pequeña manzana triangular de las calles Tabaré, Esquiú y Lanza (hoy Homero Manzi). En el primer piso de ese edificio estaban las habitaciones que ocupaban los jóvenes. Y desde allí Manzi vio, en directo y sin interferencias, ese paisaje que volcó en sus obras. Claro, en ese tiempo no había Internet para navegar ni LCD para recibir imágenes y aquella ventana era su atalaya hacia el mundo que lo rodeaba. Hoy, sobre el bar El Buzón, queda parte de aquel colegio.

La “esquina del herrero” era la de Centenera casi Tabaré. Entonces no existía la actual cortada Colombo Leoni (apellido del histórico director del colegio Luppi) donde estaba el portón en el que se veía a “las chatas entrando al corralón”. Cuentan que en ese taller del tropero Antonio Musladino trabajaban cuatro herreros: Manolo, Armando, Gumersindo y Norberto.

Justamente Oscar, uno de los hijos de Musladino, es el personaje que Manzi tomó para Manoblanca , el carrerito que apuraba a sus caballos para llegar hasta Centenera y Tabaré, el lugar donde “esta noche me esperan sus ojos” y actual sede del museo que lleva el nombre de ese tango. Manoblanca se llamaba uno de los ruanos que tiraban “la chata celeste con las dos iniciales pintadas a mano” (el otro era Porteñito), aunque otra leyenda dice que así apodaban a Oscar Musladino porque por su poca afición al trabajo tenía la mano blanca; es decir: sin callosidades.

El “paredón” era el de la curtiembre que se mantiene sobre Centenera al 3300, aunque para otros es el que está en Esquiú al 1300. El “farol balanceando en la barrera” podía verse a metros de Centenera y la actual Perito Moreno, casi junto a los terraplenes del ferrocarril que paraban la inundación. Allí también quedaba impregnado en el aire “el misterio de adiós que siembra el tren”.

Un poco más cerca del colegio, en Centenera y Corrales, estaba el almacén y despacho de bebidas La Laguna que, desde 1890, tenía la familia Serventi. Esa era “la luz de almacén” que el Manzi adolescente miraba desde su ventana. Enfrente, en la actualidad está el Centro de Gestión y Participación Comunal 4.

Hoy Pompeya ya no tiene carros, farolitos a kerosén ni “sapos redoblando en la laguna”, aunque conserva lugares de leyenda como el Barrio La Colonia. Pero esa es otra historia.

Por Eduardo Parise (Clarín).