CARNAVAL PORTEÑO: QUE NO SE APAGUE NUNCA EL ECO DE LOS BOMBOS

 

En Boedo se encuentra el corazón del corso porteño. Cómo se preparan Los Dandys, una murga barrial de doscientos integrantes y casi setenta años de tradición. Historia de una celebración popular que nació con la ciudad.

 

Esto es tradición. Somos el barrio. La primera murga de Boedo, fundada en 1956”, grita desde un palco instalado en San Ignacio y avenida Boedo Gonzalo “Zalo” Battipaglia, hijo y nieto de murgueros. La gente aplaude y observa. Todos están pendientes de los pasos que dan los casi 200 integrantes de la murga Los Dandys, la más antigua del barrio. Siguen una tradición que estuvo a punto de desaparecer en la época de la dictadura y que desde hace más de una década reflotó con gran fuerza.

 

Después del colorido estandarte de la murga, pasa la “columna” de “mascotas”. Son alrededor de 30 chicos de entre 5 y 12 años, puestos en fila por Zalo. Los padres van a los costados vigilando. Inmediatamente aparecen los hombres y mujeres, todos vestidos con coloridos trajes plagados de lentejuelas. En tanto, la banda con los bombos maneja el ritmo del festejo.

 

Antes del gran show, en un local cercano, en Carlos Calvo y Virrey Liniers, los Dandys se prepararon con todo. El centro de operaciones parece una pequeña fábrica de carnaval donde se cosen los vestuarios, se maquilla a los integrantes y se repasan las canciones.

 

Paulo (30) es cuentapropista, trabaja con su padre en una carnicería y se considera un fanático de la murga: “Esto también puede ser un lugar de rescate. Estoy en la murga desde hace quince años. Empecé tocando el bombo y ahora soy director de murgueros. Para mí, el carnaval es lo mejor que me dejaron mi vieja y mi tío. Me sacó de algunos lugares malos en los que andaba cuando tenía 14 o 15 años”. Paulo señala orgullosa a sus pequeñas hijas, Valentina y Martina, que dan vueltas por el salón y son dos de las “mascotas” de los Dandys.

 

Por el local, también pasa Pirulo, uno de los fundadores de los Dandys de Boedo. Empezó “a salir” a los 7 años, allá por los años 50. “Éramos todos chicos, pibes. Teníamos trajes hechos con bolsa de arpillera”. De esos corsos legendarios, Pirulo –ahora tiene 63 años– recuerda datos y costumbres, muy distintas a las de la actualidad: “Eran corsos de las familias que vivían por acá, más cortos. Cambió todo pero en las murgas tratamos de mantener la tradición del bombo y el platillo, de no incorporar otras cosas”. En los años 50 tampoco había trajes de gala ni instrumentos. Era todo a pulmón: “En esa época ensayábamos un poco, sonaba el bombo y ya queríamos salir. A veces, cuando no se podía llegar para hacer los trajes, llorábamos. Para fabricar los bombos pedíamos las cajas de las galletitas en el almacén y les poníamos un cuero. Mi vieja con otra vecina hacía empanadas para juntar plata para los trajes”.

 

En una mesa, junto a Pirulo, Antonella termina de pegar lentejuelas en el estandarte de los Dandys. A punto de recibirse de psicóloga, dice que le gusta mucho la costura y que por eso es la directora de fantasía de la murga. “Me encargo de los trajes, las sombrillas y los cabezudos. Antes salía disfrazada. Me enganché hace tres años, es una verdadera pasión”.

 

De pronto, aparece Zalo en el local. Le consultan cosas, atiende el celular, recibe donaciones. Como director de la murga que es, está en cada uno de los detalles. “Mi abuelo fundó los Dandys en Cochabamba 3436, entre Maza y Virrey Liniers, en la casa de la familia Battipaglia. Empezó como un juego de niños con bolsas de arpilleras, chapitas, latitas y para 1956 ya se constituyó en un centro murga”.

 

Los Dandys dejaron de salir en los años 70 y a partir de 2002. Fue el propio Zalo quien por pasión propia y para continuar la tradición familiar, los reflotó. “Acá en Boedo la gente viene de todos lados. En Bajo Flores hay corso pero a ellos les gusta venir al de Boedo porque también hay muchas murgas que actúan acá y tienen pibes del Bajo Flores. Lo claro es que las murgas no son un grupito de cada barrio. Todas tienen mezclas de distintos lugares”.

 

Zalo también coordina el Programa Nacional de Carnavales de la Secretaría de Cultura de la Nación y supervisa el trabajo de los murgueros en todo el país: “Éramos una cultura olvidada. El primero que nos declaró patrimonio cultural fue el entonces concejal Eduardo Jozami en 1997 y a partir de ahí se generó un presupuesto y un programa de carnaval en la ciudad de Buenos Aires y desde entonces el desarrollo fue muy grande”.

 

Pero no había feriados de carnaval y la lucha por conseguirlos se transformó en un factor aglutinante durante varios años. “En la época de los militares –dice Zalo- fuimos borrados de los calendarios. Cristina toma la decisión de firmar un decreto y el primer feriado de carnaval lo viví en 2011”.

 

¿Por qué salir a “murguear”? Zalo destaca el derecho de festejar: “La murga porteña es la gente ocupando el espacio público con la idea de rescatar algunos valores y regalar un poco de alegría”. Las murgas, según define, son grupos de identidad barrial y de contención: “Este es el folclore de Buenos Aires no reconocido como tal. El pibe sabe bailar su cultura, lo tiene asimilado. La murga es la identidad de la gente humilde de Buenos Aires, es su canal de expresión. Eso es lo que hace grande al carnaval”.

 

La historia

 

El Carnaval porteño tiene una larga y rica historia que se remonta a la época de la conquista, cuando los españoles trajeron esas celebraciones. En el Río de la Plata, alrededor de 1600, los esclavos negros se congregaban junto con sus amos para festejar. Sonaban tambores, se bailaba y sobre todo se arrojaba agua. Precisamente el abuso de esta costumbre causó distintas prohibiciones, fundamentalmente en la época de Rosas, quien primero lo promovió y luego lo prohibió. En el siglo XIX, en el barrio de Montserrat, surgieron las primeras comparsas, integradas por negros.

 

En 1869 se realizó el primer corso en la calle de la Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) y a partir de 1900 se autorizó el corso en la Avenida de Mayo. Para los festejos, se instalaban arcos luminosos decorativos y se armaban plataformas para presenciar los desfiles.

 

Paralelamente, en los barrios nacía una nueva forma de agrupación no ligada por la etnia sino por el barrio: las murgas, formadas por grupos de quince o veinte amigos que se reunían para salir en carnaval a cantar por las calles. Había bombos con platillo y se incorporaron las llamadas fantasías: banderas, cabezudos y disfraces característicos como el Oso Carolina (un hombre disfrazado de oso que era llevado, cadena mediante, por el domador).

 

Los corsos tuvieron su esplendor en la década de 1940. Sobre todo el de Avenida de Mayo, que contaba con subvención oficial y tenía, según crónicas de la época, cientos de miles de espectadores. Había carrozas, números musicales y se elegía a la reina del carnaval.

 

Paralelamente, en los clubes de barrio y luego en clubes más grandes (Boca, River, Comunicaciones) se empezaron a realizar bailes de carnaval, muy populares.

 

En 1976, la dictadura anuló los feriados de carnaval. Fue un golpe mortal para los festejos, tanto para los corsos como los bailes. Recién a fines de la década de 1980, tímidamente primero, reaparecieron las murgas.

 

Cortes y actividades

 

Los 37 corsos que cuentan con el apoyo de la Ciudad a través del programa Carnaval Porteño se desarrollan en Abasto, Almagro, Bajo Flores, Núñez, Balvanera, Barracas, Belgrano, Boedo, Caballito, Coghlan, Colegiales, Flores, Liniers, Lugano, Mataderos, Monserrat, Palermo, Parque Avellaneda, Parque Centenario, Parque Patricios, Paternal, Piedrabuena, Pompeya, Saavedra, San Telmo, Villa Crespo, Villa Pueyrredón y Villa Urquiza. Culminarán el próximo 4 de marzo, martes de carnaval.

 

A las guerras de espuma, los bailes de disfraces y los sorteos organizados por las Asociaciones Civiles de cada barrio, este año se suman espectáculos de tango, folclore, cumbia y salsa.

 

DZ/rg

 

Fuente Redacción Z

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