Que Buenos Aires es una ciudad gris puede desmentirse con una mirada atenta a sus espacios verdes. Si bien es cierto que el cemento reina, existen sin embargo muchos refugios donde encontrarse con el mundo vegetal y algo de sombra por cero pesos o una muy módica entrada. Están los grandes conocidos: los bosques de Palermo, Plaza Francia, el Parque Las Heras, Barrancas de Belgrano, el paisaje agreste de la Reserva de la Costanera. Pero hay mucho más. Dentro y fuera de los habituales circuitos turísticos porteños, hay desconocidas manchas de clorofila y una bonita labor de jardinería.

 

Pequeños paraísos

 

En Buenos Aires, la palabra “rosedal” de inmediato envía a los Bosques de Palermo. Ese paraíso con flores, puentes, pérgola y patio andaluz existe desde 1914, por iniciativa de un discípulo de Carlos Thays. Numerosas variedades de rosales se encuentran allí para ver, oler, fotografiar.

 

¿Dónde más? En el Parque Micaela Bastidas, en Puerto Madero, bordeado por avenida Rosario Vera Peñaloza, Julieta Lanteri y avenida Calabria, atrás del Hotel Faena. En ordenados pasillos están dispuestas la rojísima Sevillana; la Charles de Gaulle, mezcla indefinida entre el rosado y el lila; la Elle, rosa en el exterior con secreto centro amarillo… casi treinta variedades que pueden identificarse a través de un tablero que permite su localización. Incluso bajo la inclemencia del verano, los rosales lucen espléndidos, gracias a su sistema automatizado de riego y la capa de corteza de pino en el suelo, que evita la evaporación del agua y el crecimiento de malezas.

 

Este parque tiene mucho más que rosas. Es uno de los más nuevos de Buenos Aires, realizado entre 1996 y 2003. Está bordeado por jacarandás y en su interior se reconoce, entre otros, el timbó u oreja de negro (con su inconfundible semilla, a la que debe el nombre). La vegetación se distribuye en capas, pues el parque tiene desniveles, barrancas y escaleras que enriquecen la vista, además de rampas para lanzarse en skates o patines. Así, más abajo se ven espigas, como la cola de zorro, y una hilera de cipreses organiza la mayor altura. En la zona también hay tipas y palos borrachos.

 

Mucho más acotado, pero con la ventaja de ser más solitario y silencioso, es el rosedal inserto en Parque Chacabuco. Se ingresa por la esquina de avenida Eva Perón y Emilio Mitre, después de sortear la boca del subte. En verano, el sector de rosales es reemplazado por otras arbustivas, y ganan protagonismo las pérgolas de donde cuelgan perfumadas glicinas. Para los que andan por Caballito o la zona sur de la Ciudad, es un rincón precioso para ir a leer, con la imagen de la Medalla Milagrosa en el horizonte.

 

Fuera del circuito

 

Abriendo aún más el mapa de Buenos Aires, inmensos parques, protegidos por sus propios vecinos, son los parques Avellaneda, Saavedra y Sarmiento. El primero se encuentra entre avenida Directorio, avenida Olivera, Lacarra y la autopista 25 de Mayo, y guarda varios encantos, como el casco de la antigua estancia de la familia Olivera, hoy sede de un centro cultural con actividades que se extienden también en la interesante arquitectura de un antiguo natatorio.

 

Hay asimismo una antigua vía de tren con algunas ipomoeas (campanillas de color violeta) trepando por verjas y rejas. Pero lo más convocante, junto a sus canteros de agapantos con su flor de temporada, es la majestuosidad de su arboleda, conformada sobre todo por antiguos ejemplares de eucaliptus y centenarios olmos europeos. Robles, araucarias y palmeras completan los estéticos recorridos.

 

El Parque Saavedra (óvalo rodeado por Roque Pérez, García del Río, Pinto y Vilela) y el Sarmiento (sobre avenida Ricardo Balbín) son propicios para hacer deportes, correr por sus circuitos, caminar y descansar. Para seguir, el Jardín Botánico y el Jardín Japonés son dos clásicos en el barrio de Palermo. El extranjero los lee en sus folletos y son su tercera opción luego de La Boca y Caminito.

 

El Jardín Botánico, en su denominación completa, lleva el nombre del paisajista francés Carlos Thays. Está abierto desde 1898 y conserva su encanto europeo, su diversidad de flora del mundo y sus invernaderos de estilo art nouveau. No sólo hay cactus, árboles, hiedras que cubren el suelo. También esculturas, como la Ondina del Plata, un mármol del argentino Lucio Correa Morales. Por su parte, al Jardín Japonés se ingresa –previo pago de la entrada (adultos $ 24)– por avenida Figueroa Alcorta y avenida Casares. Pertenece a la Fundación Cultural Argentino Japonesa, encargada de conservar su cuidada arquitectura de césped y las plantas podadas con ornato, así como sus lagos, puentes y caminos.

 

Si le dicen “Plaza del Lector”, ¿puede ubicarla rápidamente? ¿Cuántas horas de su vida aprovechó en ella? Allí está, escondida en Palermo, a la sombra de otros paseos más grandilocuentes, en la esquina de Las Heras y Agüero, debajo de la tremenda mole de la Biblioteca Nacional. En este pequeño oasis se luce especialmente la distribución de pequeñas escalinatas, muros de piedra y bancos para una primavera porteña.

 

Por Analía Melgar. Diario PERFIL

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